
Víspera de resplandores









Sueños de un seductor
A mí me recuerdas al famoso peatón de Steinert, Bogey, porque a pesar de llevar 50 años sin tí tu huella indeleble sigue marcando los pasos a seguir para todos nosotros, torpes aprendices de seductor.
También a mí te me apareces de cuando en cuando, pero tus consejos son difíciles de seguir en estos tiempos, por dos razones: la gente ya no lleva sombrero y hay pocas mujeres como las de antes, pocas dignas de más de un fotograma.
Y aún así seguimos celebrando beber alguna que otra copa contigo, y adoramos escuchar tu voz cascada hablándonos de viejas batallas, de damas con guantes, bourbon, ginebra y aguardiente.
Si llegara a pensar en tí probablemente te despreciaría
Así que, en mi habitual incursión dominical por la librería, no fue extraño para mí que la mitad de los libros que compré haya sido un fantástico volumen con los primeros relatos de Dashiell Hammet, Sólo te ahorcan una vez. Tan absorbentes que hasta mi coche había desaparecido esta mañana. Maldita grúa.
Esta noche apareces en mi cuadro de Hopper, en uno de tus primeros papeles; ya sabes, todos pensamos, o queremos pensar, que quizá tú también empezaste partiendo de cero.
Te adoramos, Humphry
NIGHTHAWKS
"Bueno, ahí le tienen. Cansado de vivir siempre la misma vida, y sin ninguna perspectiva de cambio. Oh, vamos, Dave, -le decía Orson, su compañero- te lo he dicho mil veces, todos tenemos nuestros problemas. Ya te llegarán días mejores, hombre, tranquilo.
El caso es que ayer, después de recoger su muestrario de zapatos de mujer y salir cabizbajo de la enésima zapatería, al bueno de David Lambert se le vino el mundo encima.
Acertó a llegar al Phillies, donde siempre encontraba una reconfortante sonrisa detrás de la barra, y vidas como la suya, y altas banquetas en las que adoraba subirse y dejar caer los pies. Luego se aflojaba la corbata y dejaba su viejo sombrero Spencer’s encima de su maletín. No, no estaba en la situación en la que esperaba encontrarse después de cuatro largos años trabajando para ese cabrón de Frank. Y encima ese jodido Orson presentando un volumen de ventas con el que no podía competir, ni aguantar, sobre todo cuando en la reunión semanal llegaba el fatídico - y tú qué, Dave...
Recorría el filo de su copa con la mirada perdida, mientras pensaba que quizá lo único que tenía, lo único que era verdaderamente suyo en ese preciso instante, era aquella ginebra. Maldita sea, musitaba, atenazando en lo posible la mirada vidriosa, otra vez volver derrotado a ese apestoso apartamento realquilado, otra vez el insomnio de la botella mediada, los Benson & Hedges y el serial radiofónico. Y la terrible ironía que suponía ver por la habitación zapatos de tacón desperdigados, sin escuchar a Kate cantando en la ducha. Sí, aquellos zapatos, definitivamente, no tenían dueño, y ella no iba a volver.
Tiene gracia, uno no se sienta en cualquier bar perdido de la ciudad al final del día, cuando las cosas le van bien, pensaba mientras apuraba su bebida. Se supone que lo que más desea uno es llegar a su coqueto chalet adosado, jugar un rato con sus hijos Vera y Chuck, o escuchar pacientemente el murmullo de su encantadora esposa mientras trata de concentrarse en el periódico, antes de la cena, en su aburguesado living-room. Ciertamente, lo que menos le apetecía en aquel momento era pasar su día libre en casa de Tom, su hermano mayor. Le quería demasiado como para presentarse con un aspecto triste y demacrado, y, además, no tenía ánimo suficiente como para fingir llevar una vida alegre, libre de problemas, en el escenario de su felicidad. Aún cuando él y Brenda fueran desde hace meses su único apoyo y nexo con el mundo, desde que empezó meses atrás su exilio interior.
Dave volvió a las andadas al final de la segunda copa. Siempre acababa pensando en ella, no había resistencia posible que frenara su aparición. Cuando el último hielo amenazaba con derretirse, emergía poco a poco su recuerdo, haciendo acto de presencia el desconsuelo. Es curioso, Kate, sonreía Lambert con tristeza, siempre vienes al final de la segunda, como si esperaras con calma el momento en el que me olvido de mí para acordarme de ti...
Para la cuarta copa, aquel vestido de verano pret-a-porter que llevaba cuando la besó por primera vez le dominaba por entero, y el dolor le vencía, y las sienes le pesaban sin remedio."
In loving memory. Humphrey DeForest Bogart (1899-1957)

Photo: Otto Steinert.
Edward Hopper´s Nighthawks








by Tom Baxter
Cada día, recién doblaba la calle, sacaba del bolsillo de su abrigo un pequeño trapo, con el que amorosamente lustraba la placa del portal, antes de subir a la oficina.
La u está perdiendo fuelle - parece un poco desgastada, pensó Lucía frunciendo el ceño. Una vez arriba, lo primero que hizo fue apuntar en su agenda mirar lo de la placa, mientras escondía el rebelde flequillo por detrás de las orejas.
Dando un sorbo a su segundo café, sintonizó Radio 2 y detuvo su mirada en el calendario. Aquel día aparecía señalado de manera especial, con una explosión de colores y círculos. Reparó en el Post-It y sonrió: mírame por detrás. Tomó la hoja y le dio la vuelta, recostándose en su silla con apoyabrazos: adoraba las sillas con apoyabrazos, a veces se veía en la necesidad de sostener su cabeza. Consultó el reloj: aún le sobraban unos minutos antes de que empezaran a llegar.
" Mi querida Lucy:
Soy tú. O sea, yo. O quizá debiera decir nosotras, jaja. Bueno, ya sabes. Ufff, joder tía, no sé ni qué decirte. A veces creo que esto es una jodida locura. Pero ya está, lo hicimos, ya terminó todo el papeleo. Hoy empezamos. Aquí estoy, sentada en la mesa, un poco sin saber ni por dónde empezar.
Sabes, me encantaría saber qué es de tí ahora mismo, espero que estés leyendo esto aquí donde estoy yo, entonces sabría que al menos sobrevivimos. Estoy un poco mejor ahora, supongo que será por esto, pero lo he pasado bastante mal este último mes, entre lo de Carlos, poner esto en marcha y aguantar a la gente diciéndome que estoy como una cabra. Y papá, que no lo aguanto. Ayer me tuve que marchar de casa. Empezó a decir que nunca había hecho nada normal, que las hijas de sus amigas o están casadas o son abogadas o médicos, bueno, ya sabes. Me levanté de la cena y me fui, me dio pena por mamá, luego me dijo Luis que la vio llorando en la cocina cuando volvió del cine. Pobre Luisito, lo que va a tener que aguantar hasta que termine la carrera. A ver si le convenzo y se va de Erasmus. Sería cojonudo que se fueran mis ex y no el hermanín eh.
Lo de Carlos nada, te puedes imaginar. Hace un mes que se fue y no se nada de él. Toda la puta vida despidiendo a la gente, joder. Quedándote sola, como una imbécil. Espero que ni te acuerdes de él, estaría bueno. El otro día fui a Madrid, no te puedes imaginar tía la cantidad de gente que hay sola por ahí, mirando con envidia las típicas despedidas. Nos vamos a forrar, ya verás. Hoy empiezan dos nuevos, una amiga de Marta, que bah, parece que puede servir, a ver. Y un tío así, normalucho pero que tampoco es feo. A ver si te llegan. Creo que siendo cuatro o cinco está de sobra. Ya me contarás. O ya te contaré, jaja.
Ayer me acosté con Armando, jugaba con Carlos en el equipo. No sé, siempre me gustó un poco...
Espero que se entere Carlos. Dios, no sé que estoy haciendo con mi vida Lucy...
Bueno, a ver si mañana tenemos el primer pedido. Lo más difícil fue lo de las tarifas. Te dejo, voy a ver si les explico a esta gente lo que queremos.
Cuídate mucho, Lucy, por favor, y no me juzgues con rencor...
Te quiero infinito,
Tú
P.D.- ¡Recuérdame en el segundo aniversario!"
Lucía empezó a escribirse cartas futuras el día que cumplió doce años, y era ya una costumbre saludar a sus yos venideros en momentos señalados, pero hacía tiempo que había dejado de prometerse cosas, no en vano tuvo que enamorarse otra vez, seguía fumando de vez en cuando, no se fue a vivir a Italia ni a Irlanda ni a Inglaterra, seguía perdiendo los papeles con los hombres y se sorprendía llorando alguna que otra noche. Había llegado a conocerse lo suficiente como para no prometerse nada. Le iba mejor así, con los pies en la tierra.
Sebastián, Paloma, Marcos, Susana y Ernesto esperaban en la sala de reuniones. Eran ya seis los que sacaban el trabajo diario adelante. La responsabilidad para Lucía era considerable; no sólo tenía que pagarles, también formarles, distribuir los encargos entre todos, designar guardias y llevar la parte administrativa y de marketing sin apenas ayuda, aparte de afrontar imprevistos y llevar sobre sus hombros todo el riesgo económico. Pero era lo que le gustaba, y desarrollaba su cometido con verdadera devoción.
En cierto modo había sistematizado el trabajo diario. En un año la empresa había adquirido una proyección inimaginable, y a Lucía se la veía ahora con otros ojos. Se la respetaba, y se consideraba ejemplar su inteligencia y sagacidad. No dejaba de ofrecer un servicio de primera necesidad. Tan útil como un corte de pelo, o un psicoanalista. Existían clínicas de fisioterapia pero a nadie se le había ocurrido ofrecer un alivio para un mal tan extendido en la población. Tenía una fe ciega en su negocio, y constantemente se le ocurrían nuevas ideas para dar mayor utilidad a su empresa. Había pasado de sufrir la soledad, el abandono y el desamor en sus carnes a aprovecharse de él como medio de vida. Y casi nadie creyó en ella.
...continuará...
Photo: Ernst Haas



DESENFOCADO
Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos
Después de cuatro días de desenfreno etílico, apuro este verano, en el que se respira un aire como de tristeza otoñal, de dulce desencanto, una atmósfera que flota ante nosotros casi sin darnos cuenta pero que a veces parecemos tocar con la punta de los dedos, en uno de esos momentos en los que a uno de nosotros - who cares, maldita sea, who cares- le toca escuchar de labios del otro cualquier derrota, que es como si fuera tuya, y escuchas su lamento con la mirada perdida y te sorprendes recordando cualquier momento dorado que acude a tu memoria porque sí, y mientras escuchas distraídamente llegas a pensar en extender la mano por ver si pudieras tocar algo, una pantalla de cine, quizá, Trumaaaaan, traigo unas cervezas...
No falta la ilusión, claro que no, cuando empiezas la semana con ese brillo en los ojos y la lengua afilada, después de guiñarte el ojo en el espejo de tu habitación y maldita sea acabas despidiéndote de tí al cuarto día tratando de retener tu rostro porque sabes que los años van pasando y que no volverán los felices días del verano, cuando te detienes un instante y observas cómo después de diez años el tiempo empieza a hacer mella y tú ya estás en condiciones de entenderlo porque ya no volverás a tener 18 años. Y es entonces cuando ves a tu familia en la cena estival anual y descubres nuevas arrugas en tus hermanas y nuevas canas en tus padres y cómo van aflorando palabras en los niños y también descubres en ellos gestos, miradas que te retrotraen al paraíso perdido de tu infancia y es ahí cuando la vida prueba a ser maravillosa porque puedes adivinar sus pensamientos cuando descubren algo novedoso para ellos, y te recuerdas, con ese aroma de nenuco y bien peinado y tu tirachinas en el bolso.
Echo de menos a Guillermo Brown...
Así que, después de no encontrar vida inteligente durante tres días, la mejor decisión fue sentarnos en la acera con nuestro inseparable ron y ver la felicidad en los demás. Es extraño ver desfilar a la gente, realmente la felicidad existe en las manos entrelazadas, los abrazos y los besos, las conversaciones vacías, las caras aburridas y el eco lejano de estentóreas risas y aún sigues esperando tú, sumido en la melancolía, que aparezca alguien al otro lado del espejo lo suficientemente mordaz como para enamorarte de ella...
Voy a por un par más, le digo a Paul, y entro en el Palacio donde abundan las camisetas-gimnasio y la banalidad, la palabra hortera se ha quedado pequeña, y sé que no voy a encontrar refugiada en un rincón del bar una chica Amelie con sandalias de Alicia, o de Dorothy, por ejemplo, que pueda contestar a cualquier pregunta que pudiera surgir con otra pregunta o con un brillo especial en los ojos. Pero ya me conformo con encontrar a alguien que no ladre la última canción del verano o que no masque chicle como una secretaria de Wisconsin.
La verdad es que lo mejor de la noche es volverte a sentar en la acera a observar a la gente y que de vez en cuando te pregunten ¿qué hacéis aquí sentados?, que es como decir cómo podéis ser tan aburridos, aunque quizá es que seamos aburridos, amigo.
Así es que volvemos a hacer vida social, hasta que me encuentro a mi hermana que me dice que el otro día fue a saludarla una antigua novia que uno tuvo, que le presentó su último novio y que todo le va muy bien - ¿Qué-tal-Albert?, y es entonces cuando recuerdo haber ido a visitarla a una remota ciudad germánica y me veo otra vez sentado en el vagón de tren y ella en el andén, cuando justo antes de partir - y había conseguido hasta entonces reprimir el llanto- me dice ¡espera! y salta al tren no para decirme te quiero sino para pedirme un cigarrillo. Naturalmente, abandoné la estación con mis lágrimas mezclándose con la lluvia en la ventanilla.
El caso es que nunca la eché de menos, pero anoche no era el momento propicio para los recuerdos, en pleno proceso de demolición. Siempre te querré...
Así que seguimos bebiendo, sin mucho ánimo, la verdad, incluso hicimos un último esfuerzo para poder escuchar unos temas en el Soho, pero también tuve que encontrar otros restos del naufragio, - mira Albert, ahí está Annie, dijiste, Paul, así que la siguiente fue regresar a casa, pensando que estaríamos mejor hoy, con nuestros libros, nuestra música, con mejor salud y más dinero.
Quizá nos arrastramos borrachos intentando encontrar ese camino de baldosas amarillas, en el que cada vez creo menos: la ciudad esmeralda se pierde entre la bruma.
Me alegro de vuestra felicidad, os la merecéis...
Toto, I´ve got a feeling we´re not in Kansas anymore...

Música: Just you, just me... BSO Everyone says I love you, Woody Allen